Un paseo por el Museo del Traje
- Ramón López Muñoz
- 13 dic 2018
- 3 Min. de lectura
D.ª Helena López de Hierro d’Aubarède está licenciada en Historia del Arte en la Universidad Complutense de Madrid. Se dedica a la conservación de Museos desde el año 2005 y ha centrado su carrera profesional en el Museo del Traje, donde ingresó en el año 2006. Dos años después pasó a dirigir el departamento de Difusión y exposiciones temporales del Museo, centro del que es su directora desde finales de 2011. Será a ella a quien le he realizado esta entrevista y quien contará con detalle cómo es un día en el museo.
Durante el encuentro, Helena López de Hierro nos confiesa que uno de los mayores enemigos al que se enfrentan es la luz, sobre todo los rayos ultravioletas. La luz es enormemente lesiva, si dañase la pieza sería algo irreversible para ella, “no hay posibilidad humana en nuestros días de volverla a recuperar”, expresa.

En los almacenes hay unas medidas mínimas climatológicas, un 40% de humedad relativa, una temperatura entre 15 y 18 grados y una iluminación de 50 luxes. Esas son las condiciones ideales en las que se conservan los trajes, explica Helena. No todas las piezas que se encuentran en el almacén están colgadas. Las que pueden permitirse ese lujo, están en fundas, con una percha forrada y con el número de inventario, todas ellas en algodón no ácido. Las piezas que por su pesadez o estado no pueden permitírselo, se encuentran tumbadas en cajones, sobre cuerpos falsos con relleno. “Los tenemos muy mimados, son nuestros niños”, expresa con cariño.
“Como museo y como conservadores tenemos que valorar que no haya un choque de intereses entre el legado para las generaciones futuras, preservación del patrimonio y accesibilidad. Por eso en algunos casos no se pueden exponer, porque entonces supondría su absoluto deterioro y desaparición, y en otros se expone, pero con unos condonantes específicos” comenta la directora.
Helena López detalla el proceso que deben seguir las piezas para formar parte del museo; Cuando las piezas ingresan en el museo pasan a una sala de cuarentena, evitando así cualquier contacto con la colección. Permanecerá en ella durante un tiempo para comprobar cómo se comporta la pieza.

“Evidentemente si dejamos un abrigo en una sala de cuarentena y un mes después el abrigo está deteriorado, hay un problema. Normalmente no suele ocurrir eso, pueden venir sucias o con polvo, pero es raro que vengan con una infestación”. Una vez finalizado el periodo de cuarentena, se someterá a la pieza a un tratamiento de anoxia, “básicamente es una cámara de gas, donde se meten las piezas, eliminando todo oxígeno que haya dentro y se inyecta gas argón. Entonces cualquier organismo vivo que este dentro de la cámara muere”, explica la directora. Una vez finalizado este procedimiento técnico, empieza el tratamiento administrativo, en el que se da de alta a la pieza para que forme parte de la colección.
Uno de los elementos clave para aislar las piezas que se encuentran en la exposición de la humedad y la temperatura, son las vitrinas. Estas aíslan los trajes del exterior y además cuentan con un sistema de ventilación en la parte inferior trasera. Por una parte, se encarga de limpiar el aire y por otro lado permite que siempre haya un flujo de aire frio dentro de la vitrina. Cada sistema cuenta con una especie de algodón grueso que se cambia una vez al mes, “[los algodones] están negros de la cantidad de suciedad que van recogiendo, y esa contaminación es malísima, son agentes químicos, agentes biológicos que atacan a la prenda y a la materia que la compone”, expresa Helena.
Durante la visita a las exposiciones se busca una experiencia estética e intelectual por parte del espectador, asegura la directora del Museo del Traje, “Que venga el espectador y se lo pase bien, ese sería el primer requisito. Que aprenda algo diferente y que en cierta forma se vea cautivado por algo que llevamos todos, como es la ropa. Lo bueno que tiene nuestro museo y nuestras exposiciones es que todo el mundo puede acceder a lo que queremos contar y todo el mundo es participe de la temática que tratamos”.
En el caso de las exposiciones se busca que haya una doble vía, una parte en la que se muestran lo que se quiere contar y un tratamiento estético. Esto hace que sea un sitio donde te lo puedas pasar bien y además puedas sentir la experiencia de pensar como sería llevar determinada ropa o qué tipo de vida reflejaba esa indumentaria.
Al final de la exposición permanente hay una zona llamada “Área didáctica ultrasensorial”, donde los visitantes pueden vestirse con réplicas de las piezas que han visto durante el recorrido, “reforzando todo ese tema de sentir una experiencia diferente”, concluye Helena López De Hierro.














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